martes, 25 de febrero de 2014

Prefiero la mariguana al dinero...

En alguna vez Eduardo Galeano explica grosso modo el nacimiento de Maradona, haciendo alusión a que la Tota, madre del futbolista, al entrar hospital encontró una estrella tirada, al levantarla notó que por el anverso brillaba y se encontraba reluciente y por el reverso estaba oxidada; esta es la perfecta descripción de Diego, pues por las canchas era una estrella fulgurante y en su vida personal se oxidaba.
¿Por qué retomo la anécdota de Galeano? Porque hasta la fecha, ninguna persona ha podido descalificar a Maradona con argumentos deportivos, siempre bajo la sobra de sus manejos personales; alegan que es un ejemplo, que muchos niños lo siguen,  etc., antes esto respondo y me pregunto, ¿qué clase de padre o madre deja que el ejemplo de su hijo sea un futbolista?, por eso estamos jodidos, los ejemplos de los niños no están en las canchas de futbol, en los emparrillados, en los diamantes. Se encuentran trabajando en laboratorios, haciendo libros, investigando, esos deben ser los ejemplos, un deportista, bajo ninguna circunstancia debería ser considerado alguien a seguir.
Mi preferencia por el Diego radica sólo en el ámbito deportivo y como pasatiempo, ni será mi ejemplo a seguir ni nada por el estilo, pero lo antepongo a Pelé por razones de idiosincrasia y pensamiento. Siempre he sostenido que Pelé representa la derecha futbolística, apegado al poder, a defender lo indefendible de las instituciones, amigo de los poderosos, acostumbrado a la buena vida y a cobrar por aparición en público.
Maradona es  la izquierda, alejado de las instituciones, cercano al pueblo, mantiene viva la esencia del futbol de potrero, piensa que la pelota debe ser de los que la rodamos y nos alegramos cada vez que hay un partido en la colonia, en el estadio o en la tele; en vez de los mandones como Blatter, Platini, Decio o Compeán. Diego, al fin y al cabo, es sentimiento puro por una playera, por un equipo, por un balón.
No caeré en el debate estéril sobre quién es mejor como jugador, ni me interesa, pero sí mantengo mi postura de que Maradona es más cercano al pueblo que juega, Pelé, en su ambición de poder ha perdido el piso, apoyó en su tiempo a Havelange, dictador voleibolista, que veía al futbol como un negocio y que bajo ese argumento se dedicó a empuercarlo vendiendo derechos a sus familiares y que en ningún momento dudo que haya hecho apuestas y arreglado partidos; ahora, el mismo 10 de Brasil es cercano a Blatter, otro burócrata del futbol, que si bien ha llevado el futbol a todo el mundo con  sus mundiales, no ha dejado de verlo como un negocio y al más puro estilo del Vaticano, se ha llenado los bolsillos de dinero a costa de los pobres.
¿Recuerdan a Pelé haciendo comerciales para DirecTV en pro de la privatización del futbol? Otra más de que le agregamos, ¿vieron a Pelé apoyar la privatización de la Copa Libertadores en los comerciales de Santander? ¿Han visto a Pelé apoyar a los senadores y diputados brasileños para regalar entradas para el mundial 2014 a los niños de la calle y discapacitados como marca la legislación carioca? Sigan sentados, nunca lo verán, a diferencia de Romario, ahora político, Pelé no moverá ni un dedo porque apoya los intereses económicos de sus patrones de la FIFA.
Maradona, por el contrario, es más cercano al pueblo, ha defendido los derechos de los jugadores, ha dicho que  la pelota es del pueblo y defiende la transmisión por tele abierta de los partidos, se ha peleado con Blatter, lo ha llamado explotador de los jugadores, los ha llamado, en palabras de Manu Chao, “que ellos (la FIFA) son el gran ladrón” y sin temor puede presentarse en cualquier escenario futbolístico de Argentina y será recibido de buena manera por el pueblo; quisiera que Pelé se parara en algún estadio y fuera ovacionado como el pelusa.
Por estas razones, más de idiosincrasia que futbolísticas, es que prefiero al Diego, porque a pesar de todos sus errores como persona, desde mi perspectiva y visión, nunca he dejado de seguir sus ideales y es una persona más íntegra que el otro 10 histórico pero hipócrita y sí, me gustaba más cómo jugaba Maradona que Pelé.


viernes, 31 de enero de 2014

Saliendo el payaso, soltando la carcajada.


Hace unos días escuché un refrán que decía así “Saliendo el payaso, soltando la carcajada” y justo cuando lo oí me vino a la mente Miguel Herrera; no porque alguna vez se haya disfrazado de bufón para ir a alguna institución o algo parecido, sino por toda la sarta de sandeces que suele decir.
El recuerdo más vivo de Miguel Herrera es un partido de la selección nacional, México vs Honduras, en el Azteca, donde el llamado “piojo” le da de pechazos a un hondureño cuyo nombre quedó en la ignominia, por esta acción se gana la roja absurdamente y complica el encuentro.
Esto viene a colación debido a que en toda estructura medieval  como nuestro futbol siempre hay un bufón, alguna vez lo fue Jorge Vergara, Hugo Sánchez, el perro Bermúdez, Cuauhtémoc Blanco, etc., parece que ahora es el momento de Herrera.
Fiel a su costumbre, bravucón de barrio, Herrera suelta insultos a todos lo que lo rodean, al árbitro, al rival, a la afición contraria a quién sea, algo que no nos debe impresionar, pero ahora,  debido a que se siente arropado por la caterva de palurdos que alientan al América, es peor.
El desplante contra Mejía Barón de infaustos recuerdos por los cambios en Estados Unidos 94, pero  todo un caballero en el trato y por la sapiencia en este deporte, no hacen más que dejar mal parado al Piojo; a pesar de sus “logros” futbolísticos, Miguel no tiene la capacidad, ni la integridad para ofender al otro Miguel, además afirmando  algo que ni el propio Piojo puede comprobar.
El pleito que tuvo con el árbitro Ricardo Arellano arrojó una declaración que me hace pensar “Me echó por sus pelotas”, ¿realmente Herrera es un idolazo en el futbol mexicano o por lo menos en el América o un ídolo a nivel nacional para que quien lo expulse se gane un reconocimiento o pueda andarlo presumiendo? Lo han expulsado y echado tantas veces que el razonamiento debería ser contrario, habría que presumir que uno tiene demasiada paciencia para no hacerle caso a toda la bola de tonterías que ha de soltar cuando está en la banca. No tiene ningún mérito expulsar a Herrera como sí lo tendría a Claudio Suárez o alguno de esos caballeros en la cancha.

En fin, podría enumerar los desplantes de este hombre, a quien no conozco, pero que siempre le guardé una simpatía porque se me figuraba un gladiador dentro de la cancha cuando era jugador; ahora, como entrenador y en esta faceta de técnico del ave sólo puede generar burlas y risas debido a que no conecta la lengua con el cerebro.  

sábado, 25 de enero de 2014

Tango para todos

Si el tiempo corriera como lo suponía Borges en varios cuentos, entonces Antonio Mohamed y Juan Román Riquelme serían los verdaderos dioses del tiempo y espacio en el futbol. Hace tiempo leí un texto de Juan Villoro, excelente relator, donde decía lo prodigioso que resultaba ver jugar a Carlos “el pibe” Valderrama y aquella selección colombiana del 94, el tiempo no corría y sus piernas menos, pero aquellos pies hacían que los 23 hombres en el campo no dejaran de correr, incluido el árbitro.
Tal vez no recuerde bien esos partidos, puesto que en casa nunca hubo tele por cable y sólo lo vi jugar en los 3 escasos juegos de Colombia en el mundial de Estados Unidos, pero a los que sí recuerdo y perfectamente son al Turco y a Román.
Los dos marcaron épocas con sendos equipos, Toros Neza y Boca Juniors, tanto Román como Mohamed tenía el tango en los pies, no era necesario que corrieran los 90 minutos, bastaba que dieran un acorde genial para que sus equipos se convirtieran en una orquesta, donde ellos llevaban el bandoneón.
Innumerables ocasiones vi a Mohamed  pastar en la mitad de la cancha, cual toro de lidia, él no debía perseguir a los rivales, sus piernas rollizas y su elegancia, dentro y fuera de la cancha, lo impedía, además no era necesario; su virtud consistía en esperar y encontrar  el momento preciso para embestir al rival mediante un pase filtrado, un taco afortunado, un túnel o caño majestuoso que permitía a su compañero  anotar mientras él regresaba a pastar al centro del campo.
Román, aunque sí corría, la velocidad no era lo suyo, no necesitaba ser un rayo como el Chelo Delgado, ni un tractor como Palermo, ni rudo como Serna o gritón como “el patrón” Bermúdez, eso era de los bárbaros, de los todoterreno, no de los genios; con la mirada perdida en la grada recibía los balones y ya sabía qué hacer con él, la única forma de bajarlo era a patadas o arrollándolo.
 Alguna vez, el mismo Villoro y Martín Caparrós, definieron el futbol como un deporte de espera, donde siempre estás a la expectativa y son sólo breves momentos los que realmente valen la pena. El Turco y Riquelme son dos grandes ejemplos de esa afirmación, pues la pelota giraba en otra órbita  careciendo de sentido hasta que alguien, haciendo gala del sentido común, se  acordaba que estaban ellos y los dejaban jugar para que todos, incluidos los aficionados, participaran. 
No he sabido la respuesta del por qué me gusta el juego semilento, ni por qué prefiero a los 10 tradicionales que detiene la pelota para que todos en el estadio puedan  pensar, tomarse una cerveza, ir al baño, pedir algo de comer, sobre los rápidos e insípidos armadores veloces y sin gracia que provocan que la emoción se esfume tan rápido como llegó. Cual si fuera cerveza artesanal, el futbol y las jugadas de gol deben paladearse y saborearse.

Si tuviera que elegir algún ritmo para mi equipo, sabría que ése tendría que ser el tango, triste, elegante, contagioso, endulzante, de filosofía arrabalera, popular encabezado por el Turco o Román.