Si el tiempo
corriera como lo suponía Borges en varios cuentos, entonces Antonio Mohamed y
Juan Román Riquelme serían los verdaderos dioses del tiempo y espacio en el
futbol. Hace tiempo leí un texto de Juan Villoro, excelente relator, donde
decía lo prodigioso que resultaba ver jugar a Carlos “el pibe” Valderrama y
aquella selección colombiana del 94, el tiempo no corría y sus piernas menos,
pero aquellos pies hacían que los 23 hombres en el campo no dejaran de correr,
incluido el árbitro.
Tal vez no
recuerde bien esos partidos, puesto que en casa nunca hubo tele por cable y
sólo lo vi jugar en los 3 escasos juegos de Colombia en el mundial de Estados
Unidos, pero a los que sí recuerdo y perfectamente son al Turco y a Román.
Los dos marcaron
épocas con sendos equipos, Toros Neza y Boca Juniors, tanto Román como Mohamed
tenía el tango en los pies, no era necesario que corrieran los 90 minutos,
bastaba que dieran un acorde genial para que sus equipos se convirtieran en una
orquesta, donde ellos llevaban el bandoneón.
Innumerables
ocasiones vi a Mohamed pastar en la
mitad de la cancha, cual toro de lidia, él no debía perseguir a los rivales,
sus piernas rollizas y su elegancia, dentro y fuera de la cancha, lo impedía,
además no era necesario; su virtud consistía en esperar y encontrar el momento preciso para embestir al rival
mediante un pase filtrado, un taco afortunado, un túnel o caño majestuoso que
permitía a su compañero anotar mientras
él regresaba a pastar al centro del campo.
Román, aunque sí
corría, la velocidad no era lo suyo, no necesitaba ser un rayo como el Chelo
Delgado, ni un tractor como Palermo, ni rudo como Serna o gritón como “el
patrón” Bermúdez, eso era de los bárbaros, de los todoterreno, no de los
genios; con la mirada perdida en la grada recibía los balones y ya sabía qué
hacer con él, la única forma de bajarlo era a patadas o arrollándolo.
Alguna vez, el mismo Villoro y Martín
Caparrós, definieron el futbol como un deporte de espera, donde siempre estás a
la expectativa y son sólo breves momentos los que realmente valen la pena. El
Turco y Riquelme son dos grandes ejemplos de esa afirmación, pues la pelota
giraba en otra órbita careciendo de
sentido hasta que alguien, haciendo gala del sentido común, se acordaba que estaban ellos y los dejaban jugar
para que todos, incluidos los aficionados, participaran.
No he sabido la
respuesta del por qué me gusta el juego semilento, ni por qué prefiero a los 10
tradicionales que detiene la pelota para que todos en el estadio puedan pensar, tomarse una cerveza, ir al baño,
pedir algo de comer, sobre los rápidos e insípidos armadores veloces y sin
gracia que provocan que la emoción se esfume tan rápido como llegó. Cual si
fuera cerveza artesanal, el futbol y las jugadas de gol deben paladearse y
saborearse.
Si tuviera que
elegir algún ritmo para mi equipo, sabría que ése tendría que ser el tango,
triste, elegante, contagioso, endulzante, de filosofía arrabalera, popular
encabezado por el Turco o Román.
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