sábado, 25 de enero de 2014

Tango para todos

Si el tiempo corriera como lo suponía Borges en varios cuentos, entonces Antonio Mohamed y Juan Román Riquelme serían los verdaderos dioses del tiempo y espacio en el futbol. Hace tiempo leí un texto de Juan Villoro, excelente relator, donde decía lo prodigioso que resultaba ver jugar a Carlos “el pibe” Valderrama y aquella selección colombiana del 94, el tiempo no corría y sus piernas menos, pero aquellos pies hacían que los 23 hombres en el campo no dejaran de correr, incluido el árbitro.
Tal vez no recuerde bien esos partidos, puesto que en casa nunca hubo tele por cable y sólo lo vi jugar en los 3 escasos juegos de Colombia en el mundial de Estados Unidos, pero a los que sí recuerdo y perfectamente son al Turco y a Román.
Los dos marcaron épocas con sendos equipos, Toros Neza y Boca Juniors, tanto Román como Mohamed tenía el tango en los pies, no era necesario que corrieran los 90 minutos, bastaba que dieran un acorde genial para que sus equipos se convirtieran en una orquesta, donde ellos llevaban el bandoneón.
Innumerables ocasiones vi a Mohamed  pastar en la mitad de la cancha, cual toro de lidia, él no debía perseguir a los rivales, sus piernas rollizas y su elegancia, dentro y fuera de la cancha, lo impedía, además no era necesario; su virtud consistía en esperar y encontrar  el momento preciso para embestir al rival mediante un pase filtrado, un taco afortunado, un túnel o caño majestuoso que permitía a su compañero  anotar mientras él regresaba a pastar al centro del campo.
Román, aunque sí corría, la velocidad no era lo suyo, no necesitaba ser un rayo como el Chelo Delgado, ni un tractor como Palermo, ni rudo como Serna o gritón como “el patrón” Bermúdez, eso era de los bárbaros, de los todoterreno, no de los genios; con la mirada perdida en la grada recibía los balones y ya sabía qué hacer con él, la única forma de bajarlo era a patadas o arrollándolo.
 Alguna vez, el mismo Villoro y Martín Caparrós, definieron el futbol como un deporte de espera, donde siempre estás a la expectativa y son sólo breves momentos los que realmente valen la pena. El Turco y Riquelme son dos grandes ejemplos de esa afirmación, pues la pelota giraba en otra órbita  careciendo de sentido hasta que alguien, haciendo gala del sentido común, se  acordaba que estaban ellos y los dejaban jugar para que todos, incluidos los aficionados, participaran. 
No he sabido la respuesta del por qué me gusta el juego semilento, ni por qué prefiero a los 10 tradicionales que detiene la pelota para que todos en el estadio puedan  pensar, tomarse una cerveza, ir al baño, pedir algo de comer, sobre los rápidos e insípidos armadores veloces y sin gracia que provocan que la emoción se esfume tan rápido como llegó. Cual si fuera cerveza artesanal, el futbol y las jugadas de gol deben paladearse y saborearse.

Si tuviera que elegir algún ritmo para mi equipo, sabría que ése tendría que ser el tango, triste, elegante, contagioso, endulzante, de filosofía arrabalera, popular encabezado por el Turco o Román.

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