viernes, 31 de enero de 2014

Saliendo el payaso, soltando la carcajada.


Hace unos días escuché un refrán que decía así “Saliendo el payaso, soltando la carcajada” y justo cuando lo oí me vino a la mente Miguel Herrera; no porque alguna vez se haya disfrazado de bufón para ir a alguna institución o algo parecido, sino por toda la sarta de sandeces que suele decir.
El recuerdo más vivo de Miguel Herrera es un partido de la selección nacional, México vs Honduras, en el Azteca, donde el llamado “piojo” le da de pechazos a un hondureño cuyo nombre quedó en la ignominia, por esta acción se gana la roja absurdamente y complica el encuentro.
Esto viene a colación debido a que en toda estructura medieval  como nuestro futbol siempre hay un bufón, alguna vez lo fue Jorge Vergara, Hugo Sánchez, el perro Bermúdez, Cuauhtémoc Blanco, etc., parece que ahora es el momento de Herrera.
Fiel a su costumbre, bravucón de barrio, Herrera suelta insultos a todos lo que lo rodean, al árbitro, al rival, a la afición contraria a quién sea, algo que no nos debe impresionar, pero ahora,  debido a que se siente arropado por la caterva de palurdos que alientan al América, es peor.
El desplante contra Mejía Barón de infaustos recuerdos por los cambios en Estados Unidos 94, pero  todo un caballero en el trato y por la sapiencia en este deporte, no hacen más que dejar mal parado al Piojo; a pesar de sus “logros” futbolísticos, Miguel no tiene la capacidad, ni la integridad para ofender al otro Miguel, además afirmando  algo que ni el propio Piojo puede comprobar.
El pleito que tuvo con el árbitro Ricardo Arellano arrojó una declaración que me hace pensar “Me echó por sus pelotas”, ¿realmente Herrera es un idolazo en el futbol mexicano o por lo menos en el América o un ídolo a nivel nacional para que quien lo expulse se gane un reconocimiento o pueda andarlo presumiendo? Lo han expulsado y echado tantas veces que el razonamiento debería ser contrario, habría que presumir que uno tiene demasiada paciencia para no hacerle caso a toda la bola de tonterías que ha de soltar cuando está en la banca. No tiene ningún mérito expulsar a Herrera como sí lo tendría a Claudio Suárez o alguno de esos caballeros en la cancha.

En fin, podría enumerar los desplantes de este hombre, a quien no conozco, pero que siempre le guardé una simpatía porque se me figuraba un gladiador dentro de la cancha cuando era jugador; ahora, como entrenador y en esta faceta de técnico del ave sólo puede generar burlas y risas debido a que no conecta la lengua con el cerebro.  

sábado, 25 de enero de 2014

Tango para todos

Si el tiempo corriera como lo suponía Borges en varios cuentos, entonces Antonio Mohamed y Juan Román Riquelme serían los verdaderos dioses del tiempo y espacio en el futbol. Hace tiempo leí un texto de Juan Villoro, excelente relator, donde decía lo prodigioso que resultaba ver jugar a Carlos “el pibe” Valderrama y aquella selección colombiana del 94, el tiempo no corría y sus piernas menos, pero aquellos pies hacían que los 23 hombres en el campo no dejaran de correr, incluido el árbitro.
Tal vez no recuerde bien esos partidos, puesto que en casa nunca hubo tele por cable y sólo lo vi jugar en los 3 escasos juegos de Colombia en el mundial de Estados Unidos, pero a los que sí recuerdo y perfectamente son al Turco y a Román.
Los dos marcaron épocas con sendos equipos, Toros Neza y Boca Juniors, tanto Román como Mohamed tenía el tango en los pies, no era necesario que corrieran los 90 minutos, bastaba que dieran un acorde genial para que sus equipos se convirtieran en una orquesta, donde ellos llevaban el bandoneón.
Innumerables ocasiones vi a Mohamed  pastar en la mitad de la cancha, cual toro de lidia, él no debía perseguir a los rivales, sus piernas rollizas y su elegancia, dentro y fuera de la cancha, lo impedía, además no era necesario; su virtud consistía en esperar y encontrar  el momento preciso para embestir al rival mediante un pase filtrado, un taco afortunado, un túnel o caño majestuoso que permitía a su compañero  anotar mientras él regresaba a pastar al centro del campo.
Román, aunque sí corría, la velocidad no era lo suyo, no necesitaba ser un rayo como el Chelo Delgado, ni un tractor como Palermo, ni rudo como Serna o gritón como “el patrón” Bermúdez, eso era de los bárbaros, de los todoterreno, no de los genios; con la mirada perdida en la grada recibía los balones y ya sabía qué hacer con él, la única forma de bajarlo era a patadas o arrollándolo.
 Alguna vez, el mismo Villoro y Martín Caparrós, definieron el futbol como un deporte de espera, donde siempre estás a la expectativa y son sólo breves momentos los que realmente valen la pena. El Turco y Riquelme son dos grandes ejemplos de esa afirmación, pues la pelota giraba en otra órbita  careciendo de sentido hasta que alguien, haciendo gala del sentido común, se  acordaba que estaban ellos y los dejaban jugar para que todos, incluidos los aficionados, participaran. 
No he sabido la respuesta del por qué me gusta el juego semilento, ni por qué prefiero a los 10 tradicionales que detiene la pelota para que todos en el estadio puedan  pensar, tomarse una cerveza, ir al baño, pedir algo de comer, sobre los rápidos e insípidos armadores veloces y sin gracia que provocan que la emoción se esfume tan rápido como llegó. Cual si fuera cerveza artesanal, el futbol y las jugadas de gol deben paladearse y saborearse.

Si tuviera que elegir algún ritmo para mi equipo, sabría que ése tendría que ser el tango, triste, elegante, contagioso, endulzante, de filosofía arrabalera, popular encabezado por el Turco o Román.